sábado, 24 de julio de 2010

Y cuando pasen los años...

Probablemente mi mamá tiene razón cuando me dice que aproveche el tiempo cuando mi papá está en casa y dispuesto a mimarme. Ella nunca pudo crecer al lado del suyo porque mi abuelo murió cuando ella era pequeña, supongo que por eso ella me quiere ver al lado del mío. Quiero a mis padres con un cariño y agradecimiento sin medidas ni nombre, pero ambos están de acuerdo en que mi forma de expresar sentimientos deja mucho que desear.
Es extraño, las personas no suelen decir que soy alguien frívola ni introvertida, siempre estoy diciendo a los cuatro vientos mis opiniones aunque a veces me meta en problemas y el silencio es una de mis medidas diplomáticas cuando no quiero comenzar una discusión. Más de una vez he tenido que escuchar a mi mamá vociferando lo mala que soy, lo poco que parezco quererlos y lo mucho que quiero quedarme en casa en vez de salir a acompañarlos a cualquier sitio.
Por la mañana mi papá me ofreció salir a recoger algo a la municipalidad, estaba a punto de negar cuando mi mamá me dijo que aceptara de una manera tan desesperada que no tuve tiempo para pensarlo. Minutos antes de salir mi papá le decía "Si la estoy llevando sin que ella quiera y en forma de guerra, es mejor que se quede". Me encogí espiritualmente ante tremenda frase. Después de aquello no me atreví a mostrar ni mal humor, pero sí un silencio frágil que demostraba lo poco que tengo que hablar con mi papá. ¿Sobre qué? Unas vagas frases a cerca del colegio, que todo va bien, ya estoy de vacaciones, sí... quizás podamos viajar, no, no tengo mucho que hacer. Mi padre muy en fondo de su coraza de metal sabe que necesita escucharme hablar como una cotorra, que le confíe mis problemas, que le hable de mis dudas, que deje de leer por unos instantes para decirle que me sentí triste algún día de mi vida.
Se que mi papá recuerda el triste día en donde la casa se derrumbó de pena y me arrojé a sus brazos llorando por miedo a las reacciones y las amenazas de una madre que me quiere ciegamente, pero comete errores. Y yo también los cometo, es parte de mi naturaleza torpe y diferente. Ese día, entre otros tantos donde cada uno por su lado y dejamos de ser una familia por varias horas, cada uno, añorando un abrazo que nadie se atrevía a dar. Mi papá en su escritorio, mi mamá en su habitación y yo frente a una computadora que recibe mis penas y sin escupir ningún consejo, salvo el de los buenos amigos que desaparecen, porque ellos también tienen problemas.
Debí de despedirme con un beso en la mejilla de mi papá cuando me dejó en casa hace una hora y se fue a dejar algo a otro lugar. Mientras subía las escaleras pensé en eso, mi naturaleza negativa, destructora y siniestra que me dijo que uno de éstos días Dios me iba a enseñar a apreciar quitándome todo y dejándome en pena. Siempre me he creído merecedora de muchos castigos, pero últimamente la vida me sonríe sarcástica, sin ánimos de herirme como en mis antiguos años donde mis pecados estaban relativamente más encendidos.
Hoy día quizás me vaya a comprar libros a la feria que hay a unas calles de casa.
Todo va a estar bien.



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