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domingo, 20 de enero de 2013

Día 4: La Partida

Tomando un avión en unas horas de regreso a la ciudad. Asumo que este es el fin oficial de mi viaje por la selva y una parte de mi quisiera quedarse en este lugar de aire caliente, vegetación tupida y personas con nombres curiosos. En tan solo cuatro días de viaje, mi estructura de rutina absoluta que pasaba en casa se hizo pedazos y cambié las horas leyendo en mi cama por paseos por el Amazonas, almorzar carne de lagarto y saltar alcoholizada a una piscina después de haberme ofrecido a ser bartender por una noche. 
Esperando a que llegue mi vuelo y escuchando los comentarios sobre el último partido de fútbol, comienzo a sentir la sensación adormecedora de quien va perdiéndose en una buena dosis de anestesia. Después de haber pasado tan solo cuatro días respirando este aire teñido de tibieza y pescado ahumado, poner un solo pie en la ciudad hará que me pesen los pulmones.
Hace frío en el aeropuerto y mamá me esta esperando con un par de libros que son mi regalo de navidad atrasada. Los aviones del vuelo anterior despegan poco a poco y me siento muy cansada. Han sido cuatro días en la selva, cuatro días de mojar los pies en el agua fría del Amazonas, de bailar con la tribus de los Boras y casi haber sido asaltada por un mono chorongo.
Y bien, fueron cuatro días que ya acabaron
Es hora de regresar a casa.



B.



viernes, 18 de enero de 2013

Día 2.

En la tribu de los Bora, mientras bailábamos con los niños, un muchacho nativo me observaba desde el otro lado. Cuando tuve que regresar al bote, corrió y al cruzarnos me dijo Adiós Barbara. Hoy tomamos un bote junto con dos alegres chicas que nos acompañaron el resto del día y visitamos la tribu de los Yaguas y de los Boras, ambas muy diferentes una de la otra. Los Boras parecen siempre estar celebrando, todos los niños y mujeres nos recibieron bailando y cantando hasta que su jefe salió a saludar y a darnos el precio de la visita. Les compramos pulseras. Las niñas caminan sin nada que les cubra y sus pechos inmaduros y puntiagudos andan al aire libre. Algunas mujeres tienen el rostro marcado o un ojo herido, un amigo me comentó que quizá sean cicatrices rituales y le dije que esperaba que fuera así. El comercio sexual en la tribu de los Boras tiene una presencia muy fuerte. Muchos turistas -hoy vi a uno de ellos- llevan comida y objetos especiales para obtener servicios sexuales de las niñas a cambio. Es una realidad muy fuerte de ver. 
Por otro lado los Yaguas parecen ser una tribu mucho más tranquila y con un estilo de vida más organizado y dedicado a la caza y la pesca sin estar demasiado abiertos a los extranjeros. Cuando llegué no vi a casi ningún niño y fuimos atendidos por el jefe de la tribu, así como las mujeres y los hombres más ancianos. Compré un collar de huesos de boa y un colmillo de jabalí. Los niños Yaguas tienen el cabello de un tono amarillento, claro signo de desnutrición. 
En el Serpentario conocimos a Eliel, nuestro guía, que nos dio un paseo por las jaulas de los ojos perezosos y los monos. Terminamos despidiéndonos y poco después tomamos unas cervezas y fumamos unos cigarros con las chicas que conocimos en el viaje, mientras me contaban sobre el significado de ser una mujer fuerte y las pendejadas de los hombres interesados.
He pasado las últimas horas con los pies en la piscina del hotel, leyendo a Victor Hugo mientras un muchacho francés me observaba desde las escaleras. Lo escuché hablar y descubrí que ha viajado con sus dos hermanos. Son casi las diez de la noche.
 Está anocheciendo sobre esta ciudad.




B. 

jueves, 17 de enero de 2013

Día 1: Continuación

Caminábamos por la plaza principal cuando vi un edificio descomunalmente grande. Había sido un hotel muy famoso en su tiempo hasta que descubrieron que su estructura estaba chueca y la tierra se lo estaba tragando de a pocos. Le tomé unas cuantas fotografías y pasamos por la iglesia, donde un grupo de mujeres encendía velas en nombre de un sacerdote polémico y antes que me diera cuenta, mi padre hablaba frente a cámaras sobre la actualidad.
Típico de los viajes y de mis malos hábitos, tuve un romance telepático con un hombre sentado en la mesa de al lado durante la cena  y esta historia acabó cuando pagó su cuenta, prendió un cigarro y después de mirarme, desapareció por la ciudad en donde se respira aire caliente.
Dije que esta no es una ciudad alegre, pero no me imagino a nadie profundamente triste viviendo en un lugar como este. No es como Lima, la ciudad de la nostalgia, de lo visceral, la esperanza agridulce que cae en ilusión y a veces de los buenos sueños. Cualquiera puede morirse de pena en Lima, pero aquí no comprendo  qué es lo que sucede. Arrastré mi estela gris de greñas y reflexiones hasta este punto verde del país y de repente todo se desvanece, como si estar triste fuera incompatible con el espíritu de esta pequeña ciudad. 
No sé si culpar al desequilibrio químico o es que aquí hay algo que de verdad no comprendo. ¿Qué es? 
¿Podré quedarme con esta sensación de paz como recuerdo? ¿Regresaré a Lima y de repente, todo estará mejor?
Le escribo a mi querida Azul diciéndole que ella amaría este sitio, los paseos por el río Amazonas, las tribus  en medio del agua, los bares nocturnos y los precios bajos de alcohol de buena calidad. Tampoco me faltan fuerzas para relatar a Rein todas las cosas increíbles que he visto en tan solo un día. ¿Será cierto? 
¿Será que este lugar está devorando todo lo que traje de casa?



B. 


Día 1

En esta ciudad el aire se respira caliente. Mientras el sol te quema la espalda y escuchas a lo lejos el murmullo de cientos de insectos buscando tu sangre, parece como si las casas se movieran a tu alrededor, transpirando y dejando que las mesas, las sillas, los cubiertos y las paredes suden por sí solas hasta dejarte la sensación de haber caído en medio de una densa tibieza tropical.
En esta ciudad aprendí lo que es una ducha de agua helada que se lleva amargura y desacuerdos por el desagüe para darle paso al ronroneo de la vida nocturna. Dicen que aquí todo es fiesta por la noche, pero he  venido hasta acá arrastrando nudos que aún tengo que desatar y solo se me ocurre seguir escribiendo por las noches. 
Hoy estuve a tan solo unas horas de conocer el Amazonas y mientras paseábamos en bote por las aguas oscuras y frescas de los ríos de la selva, pensé en el infinito y en el abismo, recordé que probablemente pasaría un buen tiempo antes que regresase a tener a mi lado a un delfín rosado y creo que me sentí feliz. 
Aunque como suele pasar con esta clase de viajes, no todo ha sido del color de las amapolas y veo cercana el fin de mi primera noche en esta ciudad. Por más que me digan lo contrario, no la considero un lugar alegre. Tiene algo peculiar, como una boa vieja que ahora vive asustada de quienes pasan por su jaula pero sigue siendo el animal feroz que en algún momento se comió a un niño. 
Quiero regresar.  Qué parte de este laberinto de avispas negras y brisa caliente tenía el deber de derretir la Lima que quedaba en mi. 
Por qué no puedo continuar. 



B.