jueves, 4 de marzo de 2010

La Psicopatía de Amelia

Había estado casado con Amelia por bastante tiempo. La conoció en el nido, siempre observándola aislarse durante los recreos o acercarse para decirte que necesitaba caramelos y de cualquier manera, te persuadía hasta que los conseguía. Fue esa mañana cuando se acercó para compartir sus crayones y ella a penas agradeció. Fue entonces que algo creció y así como ese "algo", él y Amelia crecieron también.
En primaria Amelia fue como un fantasma. Buena alumna, humana... pero buena alumna. Podía peinarse perfectamente todas las mañanas, pasar el recreo entero observando a todos jugar y ella tranquilamente, sin inmutarse, sin siquiera pasar tristeza, tomaba el mismo jugo de frutas, leía el mismo libro, se sentaba de la misma manera. Y él estaba ahí a su lado, rechazando los partidos de fútbol, tratando de arrancarle una sonrisa, aunque sea una... y aceptando la respuesta de Amelia, siempre la misma: "Si quieres quédate. Pero yo no hablar".

En secundaria Amelia se hizo bella en toda su frialdad. Fue peor que cuando eran niños, era alguien que nunca reía y si lo hacía, él sabía que fingía. Si quería algo lo conseguía, no sabía lo que era perder, pues siempre tuvo estrategias para lo que sea. Para pasar un examen, para salir con un chico al que nunca amaba, para que le presten un dinero que al final devolvía mas nunca agradecía. Amelia escuchaba todas las tardes valses de Chopan y él estaba a su lado. Le preguntaba si quería salir, siempre era un "Como quieras", le decía que estaba bonita, ella solo lo miraba y le decía "No sé si mientes... pero de todos modos, no te creo".
Y él estaba acostumbrado a sus respuestas frías. Acostumbrado a que terminó siendo su pareja mas ella nunca demostró amor, nunca le afirmó que estaban juntos, nunca se molestó cuando él le pasaba el brazo por los hombros, cuando la besaba, cuando la abrazaba y caminaba a su lado. Amelia lo miraba con sus ojos inexpresivos, con la boca seria y si sonreía, era una sonrisa maligna, algo perverso... pero a él no le importaba, con tal de verla respirar.
Una tarde Amelia desapareció por completo y cuando él fue a visitarla el fin de semana ella se sentó a su lado.
-Los psicópatas no sienten emociones y controlan a la gente- dijo Amelia con su voz fría -Es algo dentro de mi cerebro. No lo puedo controlar... aún así hay terapias.
Entonces él supo que no era porque ella era difícil. No era porque la maldad le nacía... era solo un problema cerebral, un regalo perverso que la vida le había dado. Amelia no lloró ese día, mas su rostro nunca pudo estar más oscuro. ¿Cómo sería? ¿Cómo podría vivir alguien sin sentir nada, sin sentir amor, ni odio, ni tampoco ternura... o pasión? Estar muerto en vida... ¿Cómo podía Amelia estar muerta en viva? Él la abrazó ese día tan fuerte como pudo y le dio fuerza, le dijo de nuevo que la amaba, de nuevo que estaría con ella hasta el fin y sin importar que no pudiera sentir nada.
Amelia no le respondió y como de costumbre, no le devolvió el abrazo.La terapia comenzó mucho tiempo después y ambos crecieron, como manda siempre la vida. Él comenzó a estudiar, Amelia también. Y así siguieron en su relación que quizás no existía, en un amor falto de todo, absurdo, quizás hasta cruel. Pero él cumplía su promesa, pues nunca le dejó sola. Si estaba enferma iba a cuidarla, si estaba en esos días donde necesitaba fingir emociones y maltratar a alguien la dejaba decir lo que sea, la llevaba a todos lados, le compraba dulces... con la esperanza que le contagiaran un poco de azúcar a su amada muerta en vida.
Le propuso matrimonio en el 2007. Amelia había pasado ya un año en terapia y poco a poco se observaban progresos. Muy lentos, decía el doctor, demasiado lentos, pero por lo menos existían. Uno de esos días él tuvo que partir a una reunión fuera de la ciudad y estuvo fuera todo un fin de semana. Cuando regresó, entró a casa sin esperar que nadie lo saludara, hasta que vio a una mujer de cabello marrón y largo de espaldas en la sala, en el mismo sofá donde se habían sentado juntos desde la juventud.
Amelia giró un poco al notar su presencia. Él observó esos ojos antes muertos brillar con intensidad, esa muerta viviente volverse un mortal completo, lleno de emociones... lleno de dolor. Amelia había llorado todo el fin de semana, por primera vez en su vida había llorado de verdad.
-¿Amelia?- dijo él acercándose.

Pero ella solo lo abrazó y continuó llorando, empapándole la camisa. Una imagen que él había estado esperando desde hacía mucho... ver a su muerta, ahora viviente completa, llorar.

-¿Cómo se siente?- le preguntó en un susurro.
-Duele- respondió ella con la voz quebrada y sonriendo -Ahora sé... cómo te dolía también.


Había estado casado con Amelia por bastante tiempo. Terapias terminadas y ahora ella lloraba viendo Titanic, reía observando las series en blanco y negro de Los Tres Chiflados y podía abrazar con esa calidez que nunca había sentido. Amelia regresó a la vida.
Dejando atrás ese libro repetido de su infancia.
Dejando atrás... todos sus años muertos.

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